Yoani Sánchez: “Una visita más simbólica que política”

La última vez que un presidente de Estados Unidos visitó Cuba no se había inaugurado el capitolio de La Habana, moría el estelar lanzador de béisbol El Diamante Negro y mi abuela era una niña de pelo alborotado y mirada penetrante. No queda nadie que recuerde ese momento para contarlo en primera persona, de manera que la llegada de Barack Obama a la Isla será una situación inédita para todos los cubanos.

¿Cómo reaccionará la población? Con alegría y alivio. Aunque poco puede hacer el presidente de otro país por cambiar una nación donde los ciudadanos hemos permitido una dictadura, su visita tendrá un fuerte impacto simbólico. Nadie niega que el inquilino de la Casa Blanca resulta más simpático y popular entre los cubanos que el anciano y poco carismático general que heredó el poder por vía sanguínea.

Cuando el avión presidencial toque suelo en la Isla, el discurso de barricada que tan hábilmente ha levantado el Gobierno cubano durante más de medio siglo sufrirá un golpe irreversible. No es lo mismo ver a Raúl Castro y a Barack Obama darse la mano en Panamá, que ese encuentro en el territorio que hasta hace poco estaba lleno de vallas contra “el imperio” y burlas oficiales al Tío Sam.

La prensa del Partido Comunista tendrá que hacer malabarismos para explicarnos el recibimiento oficial al comandante en jefe de las fuerzas armadas del “país enemigo”. Los militantes más recalcitrantes se sentirán traicionados y quedará en evidencia que, detrás una supuesta ideología, solo hay la determinación de aferrarse al poder con las estrategias típicas de los camaleones políticos.

En la calle, la gente vivirá con entusiasmo ese acontecimiento inesperado. Para la población negra y mestiza, el mensaje es claro y directo en un país donde una gerontocracia blanca controla el poder. Quienes tengan una camiseta o un cartel con el rostro de Obama lo lucirán por esos días, aprovechando la permisividad oficial. Fidel Castro morirá un poco más en su custodiado refugio habanero.

La cerveza Presidente se agotará en las cafeterías, donde se escuchará en voz alta la frase de “dame dos Obamas más”, y no es de dudar que esa semana los registros civiles inscriban a varios recién nacidos como Obamita de la Caridad Pérez o Yurislandi Obama. Pepito, el niño de nuestros chistes populares, estrenará un par de bromas para la ocasión y los vendedores de baratijas sacarán productos con el perfil del abogado y las cinco letras de su nombre.

No obstante, algo queda claro, más allá de la hojarasca del entusiasmo, el mandatario estadounidense no podrá cambiar Cuba y es mejor que ni lo intente, porque este entuerto nacional es nuestra responsabilidad. Sin embargo, su viaje tiene un golpe de efecto duradero y debe aprovechar la oportunidad para enviar un mensaje alto y claro frente a los micrófonos.

Sus palabras deben dirigirse a esos jóvenes que ahora mismo arman la balsa de la desesperación en sus cabezas. A ellos hay que hacerles saber que la miseria material y moral que los rodea no es responsabilidad de la Casa Blanca. La mejor manera en que Barack Obama puede trascender para la historia de Cuba es dejando claro que los culpables del drama que vivimos están en la Plaza de la Revolución de La Habana.

Publicado en: El Líbero

Ernesto Medalla: “La sociedad civil”

El rol de la sociedad civil es fundamental, Guy Sorman un optimista por excelencia, nos recuerda que son las personas las que marcan diferencias claves en la sociedad, pues ésta genera cambios desde el propio anhelo personal y no por una planificación central que determine nuestras vidas.

Entre tantos intelectuales que visitan nuestro país, con visiones diversas, creo que no está de más recordar esta postura. Creer en las personas y que éstas se pueden desarrollar buscando su propia felicidad son ejes claves para comprender el rol de la Sociedad Civil.
Nuestro futuro no puede ser oscuro, recordemos que somos cada uno quienes forjamos nuestro destino y como dice Sorman “el pesimismo nos lleva a no avanzar en libertad”.
Ernesto Medalla
Analista Círculo Acton Chile
Publicado en La Estrella de Valparaíso.

Guy Sorman: “Si usted destruye el motor del crecimiento…”

Visitante frecuente de Chile durante las últimas tres décadas, el filósofo y economista francés Guy Sorman ha dedicado páginas de sus numerosos libros y columnas de opinión para destacar las virtudes del modelo económico local, como la capacidad de generar crecimiento gracias a una clase empresarial con iniciativa, la buena conexión con los mercados globales y la ausencia de un Estado políticamente capturado.

La próxima semana, este destacado intelectual liberal regresa a Chile después de una pausa de dos años, en un escenario distinto al de 2013, cuando presentó “Diario de un optimista”. Sin embargo, al entregar su diagnóstico a El Mercurio vía telefónica desde Francia, aclara que lo hace como un observador extranjero familiarizado con la situación desde el punto de vista académico, y que en ningún caso se trata de un activista político.

Junto con advertir los riesgos que conlleva una política gubernamental ideológica, sostiene que la realidad tarde o temprano se terminará imponiendo, ya que la “economía no miente”, tal como dice el nombre de la conferencia que dictará el viernes en el Hotel W, organizada por La Otra Mirada, la Universidad Adolfo Ibáñez y “El Mercurio”.

-¿Ha cambiado su visión sobre Chile desde la última vez que vino, en 2013?

-Mi visión es que existe un riesgo de que el llamado modelo chileno haya sido objeto de una disrupción debido a las opciones ideológicas de la Presidenta Bachelet. Es solo un riesgo, porque las fuerzas de mercado y la iniciativa empresarial en Chile siguen siendo muy fuertes y el camino tomado en los últimos 25 años es profundo. Los políticos tienen el poder para causar una disrupción en el modelo, pero no totalmente, así que no debemos exagerar el impacto de las decisiones equivocadas, porque el modelo es muy sólido y está enraizado en la mentalidad chilena.

“Así que veo a Chile desacelerándose por las políticas equivocadas, pero lo va a superar. La Presidenta ha sido muy ideológica al castigar a los empresarios vía el sistema impositivo o al tratar de destruir la educación privada, de una forma en que ella ha frenado el progreso. Confío en que el país solo esté perdiendo dos o tres años, lo cual no es muy satisfactorio, pero la economía y la sociedad chilena se van a sobreponer. Creo que la Presidenta entiende que sus decisiones están en conflicto con la realidad, y ahora ustedes están entrando en un período de statu quo hasta la próxima elección”.

-Una de las tesis de su libro “La Economía no miente” es que la economía es una ciencia que permite distinguir las buenas de las malas políticas, y que los malos alumnos pagan con su estancamiento. ¿Cree que es aplicable acá?

-Me gustaría decir que en un 50% se aplica a Chile. Pero también se trata de una economía globalizada, muy dependiente de las exportaciones.

“Para resumirlo, Chile ahora está siendo afectado por dos factores negativos. El primero, y con el cual todos tendrán que vivir, es la desaceleración de la economía global en el largo plazo, lo que significa un crecimiento de un 2% anual, es decir, un período más normal, ya que desde los 90 venía creciendo a tasas del 5%, lo que fue excepcional. Y el segundo factor proviene de las políticas domésticas y de decisiones equivocadas. Cuando digo ‘equivocadas’, aclaro que no lo digo desde una perspectiva ética, ideológica o política; son equivocadas porque van contra la realidad”.

“Cuando escribí que la ‘economía es una ciencia’, dije que se basa en la observación de la realidad. Puede que no te guste la realidad, que pienses que el libre mercado es horrible o que los empresarios son demasiado ricos, y está bien: desde una perspectiva ética-filosófica puedes escoger estas opciones. Pero si piensas que el crecimiento es bueno para la gente y mayormente para la gente más pobre, tienes que respetar la realidad”.

“Lo que la Presidenta chilena hizo fue pasarla por alto, un error común en los partidos de extrema izquierda y extrema derecha, pero la realidad es algo de lo que no te puedes deshacer. Aunque no sean del todo adorables, los hechos son hechos”.

“El gobierno chileno está preso de ideologías de los 60”

-Dada su experiencia internacional, ¿estima posible reducir la desigualdad por medio de la redistribución de recursos, vía la ampliación de la base tributaria y el alza impositiva, sin enfocarse en el crecimiento?

-La redistribución no funciona, nunca hace crecer la igualdad. ¿Por qué? Porque la gente rica dejará el país o encontrará una forma de no pagar impuestos. Es un mito político; tú alineas a los votantes diciendo que vas a redistribuir la riqueza. Pero sabemos que si incluso confiscaras la riqueza del 5% de los chilenos más ricos, los pobres seguirían siendo pobres.

“Guste o no, la única forma de crear una gran clase media -que todavía no existe en Chile- es el crecimiento, llevar a la gente al mercado laboral, mejorar la productividad y colocar a los más pobres y menos educados en el centro de esto, a través de una mejor educación que les sirva para mejorar su vida y hacerlos más productivos. Históricamente, la productividad es la única forma de reducir la desigualdad. Esto no es una posición ideológica, sino un hecho verificable en el mundo”.

“Lo que es extraño en el caso de Chile, es que en vez de integrar a la economía moderna a la mitad de la población que está fuera de ella, el Gobierno esté destruyendo el motor del crecimiento, lo cual a su vez es una paradoja desde una perspectiva económica, pero ética también. Si usted destruye el motor del crecimiento, de alguna forma se priva a los más pobres de la posibilidad de integrarse alguna vez a la clase media”.

“Las más absurdas o contradictorias decisiones hechas por el Gobierno no tienen que ver tanto con los impuestos, sino con la educación. Todos saben en Chile que el problema no está arriba, en las universidades, sino en el nivel primario, en las zonas más pobres, donde los alumnos no tienen opción: solo tienen acceso a escuelas públicas locales malas. En vez de mejorar la calidad de la enseñanza en estas escuelas, en vez de crear opciones entre escuelas públicas y privadas a nivel local, el Gobierno se está olvidando totalmente de esta gente pobre y enfocándose en lo que sí está funcionando, que es la educación superior privada. Desde una perspectiva práctica y ética es muy extraño”.

“El gobierno chileno está preso de ideologías de los 60, que no se aplican en ningún lugar del mundo”.

-La clase político-empresarial chilena ha recibido críticas de diverso calibre. El historiador británico Niall Ferguson advirtió que Chile está ejerciendo su derecho a ser estúpido, mientras el cientista político estadounidense Francis Fukuyama recordó que la “confianza” es clave para el desarrollo. ¿Cuál sería su crítica?

-Ferguson es un poco provocador, así que no me lo tomaría tan en serio. Pero cuando Fukuyama dice que la confianza es el fundamento del crecimiento, está en lo correcto.

“Ahora, creo que los liberales en Chile quizás tienden a ignorar que todavía hay una gran parte de la gente que vive en la pobreza. Y como dije antes, que aún no está integrada en la economía chilena moderna”.

“Hay una especie de autosatisfacción entre empresarios, políticos e intelectuales conservadores de que todo está bien, lo cual no es completamente cierto. Toma tiempo meter a todo el mundo a la clase media”.

“Creo que Chile está olvidando dos elementos: qué hay de la educación primaria y, el segundo, asegurarse siempre de que el mercado permanezca abierto a nuevos empresarios y que no sea dominado por los empresarios más exitosos”.

-Según su experiencia, ¿en qué momento en un país se pierde la confianza de los inversionistas?

-El punto de quiebre tiene que ver con la predictibilidad. A menudo se asume que si el nivel de impuestos en promedio es superior al 50%, ese país está condenado a fracasar. No sé cuál es el límite en Chile, pero más allá de un 40% usted empieza a acumular riesgo. El segundo criterio, y quizás más importante, es si el país es predecible.

“Mi posición es que la economía moderna puede convivir con impuestos altos. Suecia y Alemania viven con impuestos altos, pero el Estado de Derecho y el sistema económico son predecibles. Usted sabe que si invierte, en 5 o 10 años básicamente tendrá las mismas leyes y regulaciones y más o menos el mismo nivel de impuestos. El problema comienza cuando el gobierno decide cambiar todas las reglas y eso trae impredictibilidad. Esto congela las inversiones, sin distinción de si son domésticas o extranjeras”.

“Quedé atónito con las declaraciones del Papa”

-Usted sostiene que hoy existe una sola economía, la que funciona o, lo que es lo mismo, la de libre mercado. ¿Por qué cree que es tan difícil defender hoy un modelo de libre mercado?

-El problema de la economía de libre mercado es que surge de un proceso espontáneo, no fue inventada por nadie, es desordenada y genera una destrucción creativa -en términos de Joseph Schumpeter- que nadie quiere. La alternativa es difícil: usted ama un sistema que funciona, pero que no es tan bueno o satisfactorio en términos intelectuales, donde se prefieren los sistemas racionales. Los políticos aman los sistemas donde están en el poder y controlan la economía. Hay una contradicción entre lo que funciona y lo que gusta. Es un proceso constante la defensa de la economía de mercado. Y esto es ético, porque en el largo plazo ayuda a los más pobres.

“Por eso quedé atónito con las declaraciones del Papa Francisco contra el capitalismo. Porque la actitud del Papa es muy típica de los intelectuales latinoamericanos de izquierda. Por un lado dice que está con los pobres, lo que viniendo del Papa está bien, y por otro, dice que está contra el capitalismo. ¿Qué es lo ético? ¿Lo ético debe ser juzgado por sus intenciones o resultados? Si se juzga por las buenas intenciones, hay buenas intenciones con resultados desastrosos, eso es socialismo. El libre mercado al final del día mejora la vida de las personas y eso debe ser defendido”.

-Usted es un optimista, al menos así se define. ¿Qué razones hay para ser optimista en Chile hoy?

-Alguien tiene que serlo (ríe). Los chilenos viven en una sociedad y un mundo mejores que hace 20 años. Y como dije antes, incluso con la economía desacelerándose, la sociedad chilena ha construido un país democrático, que cuenta con una sociedad civil y donde hay debate. La iniciativa empresarial es fuerte y es un país globalizado, que no está solo basado en la explotación de la materias primas, aunque Chile exporta commodities -especialmente cobre-, pero no solo eso. Hay razones reales para ser optimista.

“Además, el intento del gobierno de Bachelet de causar una disrupción en el sistema ha fallado, no ha sido capaz de crear un nuevo modelo. Solo ha interrumpido y frenado el antiguo. Y se ha demostrado que no se puede reemplazar el modelo chileno de libre mercado con algo más. Puede destruirlo o provocar una interrupción brusca, pero no reemplazarlo. De cierta forma es una paradoja, porque el Gobierno está demostrando que lo que intentó no está funcionando. Tarde o temprano, todos volverán a las alternativas racionales. Suelo decir que uno aprende de sus propios errores. Este gobierno ha cometido errores, y en el largo plazo tendrán al país regresando a los principios realistas”.

Entrevista realizada por Juan Pablo Toro.

Publicado en El Mercurio domingo 16 de agosto de 2015

Foto de www1.rionegro.com.ar

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Ángel Soto: “Crisis de Occidente y occidentalización del mundo”

A veces pareciera que todo se derrumba. Aquello en lo que vivimos —y hemos creído— nos deja la sensación que no fue más que algo pasajero o tal vez una burbuja. Esa es la impresión que podría dar al lector mirar lo que está pasando en el mundo: “Crisis”, “aún no llega lo peor”, “hay que estar preparados”.

El concepto de crisis da la impresión que —a diferencia de lo que ocurría en el pasado— llegó para quedarse. Evidentemente, éstas no tienen porque ser negativas. Sin embargo, tradicionalmente las asociamos a un estado de cierto malestar, tal vez debido a que una de sus características es que producen incertidumbre frente al cambio y suelen estar acompañadas de pesimismo.

Claro —como dice GuySorman—, ser pesimista tiene sus ventajas, ya que predecir lo peor y ante una señal de catástrofe jactarse de haberlo dicho es mucho más fácil y redituable, estratégicamente hablando. En tanto que ser optimista es mucho más peligroso, pues requiere mirar el horizonte, discernir la tendencia dominante y creer que hay algo mejor en el mejor mundo posible. Y de paso, luchar porque las noticias buenas no venden.

Difícil encontrar este tipo de relatos optimistas del mundo actual, pero los hay. Por eso me llamó, profundamente la atención el nombre del libro que escribió este intelectual francés, titulado: “Diario de un optimista”, que tiene como subtítulo: “observaciones de un economista filósofo acerca de nuestro mundo”.  Ahí lo entendí. No es una mirada puramente tecnocrática, sino que incorpora la dimensión humanista, que —como decían en mi época—: “eso explica muchas cosas”.

¿Qué plantea Sorman? Básicamente que, mientras los que estamos dentro de Occidente lo vemos como un sinónimo de crisis, quienes observan desde afuera lo asocian a libertad. Es lo que él denomina: “crisis de Occidente y occidentalización del mundo”.

Existe coincidencia en que un Estado de derecho, propiedad privada y la calidad de las instituciones son elementos básicos para que los países puedan progresar. ¿Qué significa esto? Que en la mirada optimista,Occidente tiene cuerda para rato. Pues si bien algunos se obnubilan con el Asia, y especialmente con China, el optimista —es decir alguien que cree en el progreso y en la libertad— observaría que los chinos aceptarían con gusto nuestras crisis si pudieran tener a cambio algo más de nuestras libertades.

El filósofo francés que comentamos, afirma con bastante razón que, es indudable que el progreso de Asia esta relacionado “con su conversión a los valores occidentales”, pero en China las instituciones son escasas, al tiempo que no podemos aceptar que el desprecio por los derechos humanos sea una “ventaja comparativa”.

Se queja de su falta de innovación, pues —dice— inventamos acá y producimos allá, y es en Occidente dónde sigue actuando la destrucción creativa.

Pero la innovación por sí sola no basta. Aquí, cobra protagonismo el capitalismo moderno que, con EEUU a la cabeza, combinó capital, trabajo e ideas haciendo competitiva su economía, dice el autor. Una cultura empresarial arraigada en la innovación, pero también en la toma de riesgos y la ganancia, fomentados por un imperio de la ley y unos derechos de propiedad que garantiza un Estado de calidad, no un Estado de cantidad.

Es indudable que hoy vivimos en un mundo mucho mejor que hace tan solo 25 años, y la perplejidad respecto de la economía, la democracia e incluso de nuestra identidad cultural solo se explican desde las bondades que entrega el propio sistema de libertades que son la esencia de Occidente.

Quizás, ya es tiempo de considerar la invitación que hace Guy Sorman a mirar de una manera optimista nuestra civilización, siempre perfectible, pero es bueno considerar el vaso medio lleno, más que medio vacío. Occidente no se está derrumbando, y mucho menos están en cuestión la confianza en las ideas que hicieron de esta parte del orbe una sociedad más desarrollada. La historia así lo demuestra, en tanto que la“occidentalización del mundo” lo confirma.

Por Ángelo Soto | @angelsotochile

Publicado en Plan B el 9 de julio de 2014

Foto de www.acague.cl

Álvaro Massardo Delgado: “La importancia de las buenas políticas económicas”

A lo largo del siglo XX la historia de la humanidad fue partícipe de políticas devastadoras en el plano económico, por nombrar algunos ejemplos respecto a aquello, es preciso mencionar que las medidas de colectivización de la tierra en los años veinte en Rusia; las que más tarde se repetirían en la década de los cincuenta en China y en los sesenta en Tanzania – mostrando en ambos casos resultados igual de devastadores-  dejarían a su paso a cientos de millones de campesinos muertos de hambre. Otro hito importante a este respecto fue la desestabilización de la moneda en la Alemania de Weimar, política monetaria que entre otras cosas, facilitó el alzamiento del nazismo, régimen que se encargó del inicio de una de las guerras más trágicas en la historia de la humanidad. Por otro lado, la expulsión de las empresas en Argentina en la década de los cuarenta, y luego en Egipto una década después, tuvo consecuencias realmente negativas, pues dichas medidas tendieron a evitar el progreso, la innovación y la estabilidad económica en esos países. Así las cosas, una de las características que une a todos los acontecimientos mencionados anteriormente es su sustento en malas políticas económicas.

Siguiendo con lo anterior, el siglo pasado fue un siglo de altos y bajos en el que los economistas y las naciones oscilaban entre las políticas económicas que propugnaba el Socialismo de Estado contra la Economía de Libre Mercado. Sin embargo, ante la opción de cuál sería el sistema imperante en el mundo, las políticas económicas tendientes a sostener un sistema de propiedad pública, que dejaba de lado la libre competencia en el mercado, privilegiando un sistema de producción planificada, fueron dejadas de lado poco a poco, siendo remplazadas por políticas tendientes a promover la propiedad privada, la libre competencia y en las que la producción es determinada por los privados, no por el Estado.

¿Cómo ocurrió lo anterior? Las malas políticas económicas fueron dejadas de lado, dando paso a la implementación de buenas políticas económicas. Aquella postura es sostenida por Guy Sorman, economista, periodista y filósofo político francés, defensor del libre mercado, la filantropía y el capitalismo moderno, quien en Marzo del presente año visitará nuestro país.

Sorman en su obra “La economía no miente” nos señala que la “Economía” ha tenido un desarrollo como ciencia independiente racional, refutable y contrastable con la realidad, solo en los últimos dos siglos, pues anteriormente dicha rama del conocimiento se discutía en los círculos intelectuales con vocación de intuición y especulación, sin fundamento empírico.

Hoy en día, dentro de un ámbito científico serio y racional, gracias al desarrollo de modelos matemáticos contrastables con la realidad en que vivimos, es posible demostrar la validez de las teorías económicas mediante su validación, refutación o corrección. No obstante lo anterior, como sostiene Sorman: “En tiempos de crisis suele resurgir el pensamiento mágico, el cual borra la racionalidad alcanzada; la demagogia y el pánico pueden anular las enseñanzas de la ciencia económica” y vaya que tiene razón el autor al sostener esto, pues basta señalar que aquello es fiel reflejo de las políticas económicas implementadas en la actualidad por nuestro gobierno de turno.

Con argumentos claros y precisos a lo largo de las páginas de su obra, Sorman al explicar porque la economía no miente, nos invita a no abandonar la creencia en la implementación de las buenas políticas económicas, aquellas que en el mundo durante las últimas décadas han sacado a la gente de la pobreza, han mejorado sus oportunidades y han permitido a las personas tener – en términos señalados por Milton Friedman- libertad de elegir.

Sorman es claro al sostener que: “Los ciclos económicos son resultado de la innovación. La innovación – ya sea técnica, financiera o gerencial- genera crecimiento, pero no todas las innovaciones son exitosas… sería bueno escapar de los ciclos económicos, pero no hay manera de tener crecimiento sin innovación, innovación sin riesgo, o riesgo sin ciclos económicos. Los ciclos económicos con sus altibajos no son enemigos del progreso económico; el enemigo del desarrollo humano son las malas políticas económicas”.

Alvaro Massardo Delgado
Analista Círculo Acton Chile

Foto de libertad.org.ar

Nicolás Ibáñez: “Libre competencia y política”

Nicolás Ibáñez: “En un país serio, las autoridades no emiten opiniones sobre causas judiciales pendientes, menos aún cuando no se ha oído la defensa de las partes aludidas. Lo contrario implica despreciar la presunción de inocencia, que es uno de los principios esenciales de un orden democrático…”.

 

El mercado es uno de los fundamentos de la sociedad libre. Sin él no pueden existir ni libertades políticas ni real democracia, como prueban sin excepción alguna los regímenes socialistas del siglo pasado y los que aún se mantienen vigentes. El mercado, como el Estado, no son entes abstractos, sino personas de carne y hueso. El primero surge espontáneamente cuando se deja a las personas en libertad de perseguir sus proyectos de vida, pues, como observó Adam Smith, tenemos una tendencia natural hacia el intercambio. Ese intercambio libre permite un incremento sustancial en la calidad de vida de la población, como prueban diversos estudios sobre la materia.

En ese contexto, los empresarios cumplimos el rol de satisfacer las necesidades de las personas ofreciendo los mejores productos que podamos a los menores precios posibles. Si fallamos en esa tarea, los consumidores nos castigan y corremos el riesgo de perder el negocio. Por supuesto, todo ello supone competencia.

En mis varias décadas como empresario y director de empresas he defendido siempre el valor del mercado y de la competencia, no solo porque creo en ellos por principios, sino también, como nos ha recordado el profesor Luigi Zingales, experto en materias de competencia y capitalismo, durante su reciente visita, porque las empresas que dejan de competir pierden dinamismo, se atrofian y se vuelven cada vez más incapaces de subsistir en el largo plazo.

En otras palabras, competir es un buen negocio para el empresario. Lamentablemente, Chile ha conocido casos que atentan contra ese principio, algo que por lo demás no es exclusivo de nuestro país, así como los escándalos de corrupción política tampoco lo son. Si la transparencia es crucial para reducir la corrupción en el aparato público, también es esencial para la credibilidad de una economía de mercado que las barreras a la entrada en las diversas áreas sean bajas, de manera tal de hacer posible a nuevos actores entrar a competir.

Adicionalmente, es esencial fiscalizar que se juegue limpio. Estos últimos son roles del Estado y debe celebrarse que los cumpla con celo y profesionalismo. Lo que no debiera ocurrir es que la legítima preocupación por la competencia se desvirtúe por razones ideológicas de modo de servir a ciertos intereses políticos que no comparten las instituciones que fundan un orden de mercado.

Especialmente en tiempos en que Chile se encamina hacia una crisis económica cada vez más aguda y en que todo indica que la situación económica internacional empeorará aun más, no es sensato de parte del Gobierno instrumentalizar temas sensibles para el bienestar de la población con el fin de obtener dividendos políticos e ideológicos. El clima de animosidad y la retórica antiempresarial que se vienen instalando desde hace tiempo en nada ayudan a garantizar que el mercado funcione como corresponde, y menos aún a superar los difíciles años que vienen.

Sin duda la legislación vigente debe respetarse y, en un Estado de Derecho, su transgresión debe ser sancionada. En un país serio, sin embargo, las autoridades no emiten opiniones sobre causas judiciales pendientes, menos aún cuando no se ha oído la defensa de las partes aludidas. Lo contrario implica despreciar la presunción de inocencia, que es uno de los principios esenciales de un orden democrático.

Es indispensable retomar el diálogo constructivo, sereno y maduro que le permitió a este país convertirse en el más desarrollado de América Latina. Chile conoce, por su propia historia, los riesgos de la polarización y del reemplazo de la discusión racional por el eslogan, la descalificación y los juicios desmesurados a priori .

Publicado en El Mercurio.
Foto de El Mostrador.

Jorge Castañeda: “Las mareas de populismo latinoamericano”

Nueva York-. En América Latina, los líderes populistas están perdiendo apoyo: Cristina Kirchner ha sido desplazada de la Presidencia y los socialistas de Nicolás Maduro sufrieron una derrota en las parlamentarias.

LOS demagogos y populistas como el candidato presidencial norteamericano Donald Trump y la líder del Frente Nacional de Francia, Marine Le Pen, están incendiando la política occidental. En América Latina, en cambio, los líderes populistas están perdiendo apoyo: Cristina Kirchner de Argentina ha sido desplazada de la Presidencia en las últimas elecciones; en Venezuela, los socialistas del Presidente Nicolás Maduro sufrieron una derrota resonante en las elecciones parlamentarias; y la Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ahora enfrenta la perspectiva de un juicio político. Muchos especulan con que la “marea rosa” de populismo, que empujó a la región hacia la izquierda en los últimos 15 años, ahora se está revirtiendo. ¿Pero es realmente el populismo lo que estos países están rechazando?

Por cierto, los ciudadanos no parecen estar tan impulsados por la ideología como por su frustración frente a los crecientes desafíos económicos, que fueron causados principalmente por una situación sobre la cual sus líderes tienen escaso control: el fin del boom de los commodities que comenzó a principios de este siglo. Cuando ese auge, que estuvo sustentado por el apetito aparentemente insaciable de China de materias primas y alimentos, llegó a su fin en 2012, la caída abrupta de los precios devastó a los exportadores de Latinoamérica.

Brasil, a pesar de su gran mercado doméstico y de su fuerte sector industrial, recibió un duro golpe. La situación fue aún peor para Argentina y Venezuela, que dependen marcadamente de las exportaciones de materias primas -principalmente soja y petróleo- no sólo para financiar las importaciones, sino también como su principal fuente de ingresos gubernamentales. Considerando los enormes programas sociales que habían implementado los gobiernos de estos países, no pasó mucho tiempo antes de que el colapso de los precios se cobrara sus víctimas. Venezuela siguió gastando hasta que el dinero directamente se acabó. Los crecientes déficits de Argentina derivaron en inflación, devaluación y recesión.

Por supuesto, regímenes con diferentes inclinaciones ideológicas podrían haber tenido diferentes conductas de gasto, lo que potencialmente podría haber amortiguado el golpe del colapso de los precios de las materias primas. En Brasil, en particular, el gasto estuvo fuera de control, aun si el gobierno de Rousseff logró ocultarlo por un tiempo. (Accidentalmente, son los métodos utilizados para ocultarlo los que ahora tienen a Rousseff en jaque).

En la gestión de Rousseff, la inflación creció y el tipo de cambio del real se derrumbó; se lanzaron y luego se abandonaron enormes proyectos de infraestructura conocidos como “elefantes blancos”; y los esfuerzos por reducir los tipos de interés condujeron artificialmente a una burbuja de crédito para consumo. Por el contrario, el antecesor de Rousseff, Luiz Inácio Lula da Silva -un icono de izquierda de su mismo partido, el Partido de los Trabajadores- adhirió esencialmente a una ortodoxia macroeconómica, a la vez que expandió los programas de ayuda social.

Como sea, la conclusión es que, cuando un contexto global hostil saca a flote la mala gestión económica de sus líderes, los votantes latinoamericanos se muestran cada vez más desencantados. No rechazan necesariamente a los líderes de izquierda; más bien, rechazan a quienes están en el poder, no importa su signo. Da la casualidad que la mayoría está en la izquierda.

Consideremos el caso de Chile y Perú, que dependen marcadamente de las exportaciones de cobre. Frente a la caída precipitada del precio del cobre, los líderes de ambos países probablemente sufran reveses electorales. El hecho de que el Presidente de Perú, Ollanta Humala, sea más moderado que la Presidenta de Chile, Michelle Bachelet, en verdad no incidirá. De la misma manera, la caída de los precios de la banana y del petróleo creará los mismos desafíos políticos para el agitador de izquierda Rafael Correa en Ecuador, así como la caída de los precios del café, del petróleo y del carbón afectarán al Presidente de centro de Colombia, Juan Manuel Santos.

Dicho esto, existe una cierta sensación de que quien siembra vientos recoge tempestades en el caso de los líderes de izquierda de América Latina, que han tenido una buena racha desde que el difunto Hugo Chávez asumió la Presidencia en 1999. Algunos de ellos -inclusive Lula en Brasil, pero también los sucesivos líderes en Chile y Uruguay- gobernaron de manera sensata y responsable. Otros estaban demasiado concentrados en una retórica ideológica como para hacer las cosas bien. Pero, más allá de su desempeño, estos partidos siguieron ganando elecciones, en base a la idea de que lideraban el camino hacia el progreso económico. Como quedó en claro recientemente, ese progreso no surgía de una gobernancia “realista”, sino de condiciones económicas internacionales favorables.

Sin embargo, ahora que comenzó la reacción negativa contra los gobiernos en funciones, los debates ideológicos seguramente se intensificarán. Los gobiernos de izquierda como en Argentina y Venezuela hace mucho tiempo que adoptaron políticas polarizadoras, especialmente en cuestiones como la violencia, la solidaridad con los países parias (Cuba para Venezuela; Irán para Argentina) y la corrupción -políticas que hoy pueden ser cuestionadas o revertidas por los líderes nuevos.

El caso venezolano es especialmente interesante. La oposición, a pesar de tener una mayoría en la Asamblea Nacional, sabe que debe negociar con la rama ejecutiva, que todavía está liderada por Maduro. Pero no puede hacer concesiones de manera global.

Uno de los desafíos fundamentales que enfrenta la oposición es qué hacer con las enormes transferencias de riqueza a Cuba que comenzaron en 2004. Mediante mecanismos opacos como precios del petróleo subsidiados y pagos excesivos a médicos, personal de seguridad y maestros de Cuba, Venezuela ha venido rescatando la decrépita economía cubana durante más de una década. Si bien la oposición ha prometido desde hace un tiempo recortar la ayuda, lo último que Estados Unidos quiere ver hoy es un colapso cubano, teniendo en cuenta que la inmigración proveniente de la isla ya se duplicó en el último año.

En este contexto, parece factible que Estados Unidos termine presionando a la oposición de Venezuela para que no recorte el petróleo que envía a Cuba, aún si presiona al gobierno para que libere a los presos políticos y quiera implementar una gobernancia más justa y más transparente. Mientras tanto, los aliados de Maduro en América Latina comenzarán a perder o a abandonar el poder, en tanto la izquierda revive el drama de siglos de la región: los precios de las materias primas suben y bajan, arrastrando consigo a los gobiernos.

Noticia de La Tercera.
Foto de La Tercera

Guy Sorman: “Chile ya no es percibido como el país amigable que era”

INESTABILIDAD, impredecibilidad, pérdida de ventajas comparativas y equivocados enfoques en las reformas, son parte de los problemas que observa en Chile el filósofo y economista francés, Guy Sorman, quien atribuye estas dificultades a las decisiones tomadas por la administración de la Nueva Mayoría.

Si antes era un admirador declarado de las políticas económicas de nuestro país, que desde su punto de vista se comparaban con las de EEUU, hoy día cuestiona el nuevo rumbo, asegurando que el modelo chileno dejó de ser un ejemplo para el resto de América Latina.

¿Ve un cambio mayor en la conducción de Chile con la administración de la Presidenta Michelle Bachalet? ¿Han cambiado sus fundamentos? 

—En Chile un principio básico y uno de los más importantes es la estabilidad. Cuando cambian las reglas, se modifica el sistema tributario, se añade elementos disruptivos a la estabilidad. El problema no se trata de que los niveles de impuestos se hayan modificado, sino que los tributos y la regulación se han vuelto impredecibles. Eso fue lo que al parecer no comprendieron en el gobierno chileno con su reforma.

Empresarios y emprendedores sabían que Chile era un lugar estable y predecible, esa era la razón por la que invertían. Pero ahora el sistema se ha vuelto inestable e impredecible, lo que tiene consecuencias negativas tanto en la inversión doméstica como extranjera. No se trata de un asunto político, porque la estabilidad la pueden introducir gobiernos de izquierda o de derecha.

¿Qué tan inestable es percibido Chile? 

—Lo suficiente como para preocuparse, porque las consecuencias ya son visibles. La inversión se está desacelerando, al igual que el crecimiento. Por supuesto, esto no ocurre exclusivamente por culpa del gobierno. También hay razones externas que tienen que ver con el mercado global, como la desaceleración en China. De todas maneras se percibe que los inversionistas están un poco más reacios y que Chile ya no es un modelo económico para el resto de Latinoamérica.

Aun así, funcionarios estadounidenses que han visitado Chile, como Kurt Tong, vicesecretario Adjunto para Asuntos Económicos y Empresariales del Departamento de Estado de EEUU, aseguran que las inversiones estadounidenses siguen fuertes y que no están mayormente preocupados por la situación de Chile. 

—Eso tiene sentido si se compara al país con el resto de América Latina. Se puede decir que la situación no es buena, pero que rodeado de países donde la cosa anda peor es distinto. Por supuesto que lo están haciendo mejor que Brasil o Colombia, pero para Chile el modelo nunca fue América Latina, sino Estados Unidos, mirando sus reglas, legislación y predictibilidad. Ahora, la presidenta Bachelet está trayendo de vuelta a Chile a Sudamérica, así que ¡Bienvenido de regreso a Latinoamérica!.

Las reformas en Chile han continuado en medio de la desaceleración económica, ¿Cómo evalúa este proceso que las mismas autoridades llamaron seis meses atrás “realismo sin renuncia”? 

—Fuera de los slogan políticos, trato de entender lo qué está sucediendo en Chile. Es importante no politizar demasiado la economía, porque el problema surge justamente cuando se mezcla política y economía.

Desde un punto de vista puramente económico hay que hacer una distinción entre la desaceleración que es consecuencia de lo que ocurre en el mercado global y la que es consecuencia de la inestabilidad. Hoy salimos de la era de rápido crecimiento, ese que fue consecuenArcia del giro que tuvieron las economías de China e India hacia el libre mercado, generando una demanda global que crecía muy rápido, de lo cual se benefició Chile.

Ahora estamos en una nueva era, que yo llamaría de crecimiento normal, donde los países más grandes crecen entre 2% y 3% y los en desarrollo en torno al 5%. No puedes esquivar lo que pasa en el mercado global, siendo Chile un país pequeño, con un mercado pequeño.

En este nuevo escenario han caído los precios del cobre pero a un nivel normal, porque estaban muy altos. En este contexto, la ventaja comparativa de Chile eran dos cosas: empresas, incluyendo pequeñas, de orientación a las exportaciones y su estabilidad y predictibilidad, que es justamente lo que está en entredicho en estos momentos.

¿Inestabilidad y impredecibilidad son los mayores problemas de la economía chilena? 

—Chile arrastra otros dos problemas. Uno es que la competencia interna es muy limitada, el mercado local está muy regulado por lo que resulta difícil entrar. Si quieres empezar un emprendimiento en Chile o una compañía pequeña es muy difícil conseguir financiamiento o cualquier tipo de apoyo. Así, el número de empresas y emprendimientos en el país es muy reducido.

El segundo problema es que la mitad de la población vive en la pobreza. El mercado, que ya es pequeño, se reduce porque no todos están realmente en el mercado. La mitad de la población está en la periferia del mercado.

¿Cómo sacar a esa población de la pobreza e incluirla en el mercado? 

—El mayor drama de Chile es su mala educación primaria pública. Eso es lo que mantiene la mitad de la población en la pobreza. Fuera de Santiago no hay ninguna escuela primaria pública decente, por lo que la gente se mantiene en la pobreza.

En ese sentido, ¿qué le parece la reforma en curso?

—El gobierno se ha enfocado mucho en generar acceso gratuito a la educación superior para quienes no pueden pagarla, pero ese no es realmente el problema. Han olvidado la urgencia que hay en el sector primario, de contar con mejores profesores, traer la competencia entre las escuelas. Esas son las políticas que deberían seguir para mejorar la educación y sacar a más gente de la pobreza.

Pese a no considerarlo una prioridad, ¿le parece buena idea el acceso gratuito universal a la universidad? 

—La educación superior en Chile es bastante buena, no sólo a nivel regional sino mundial. Por lo que es una mala idea modificar un sistema que funciona bien. La gratuidad universal terminará por beneficiar a jóvenes de ingresos altos o altos medios, que saben que su educación es una inversión, por lo que deberían pagar ya sea en un establecimiento público o privado.

Si hay jóvenes que no pueden acceder pueden pedir créditos o recibir cierto apoyo del gobierno, pero el Estado debería centrar sus recursos en la educación primaria. El gobierno está totalmente equivocado en sus prioridades, por razones políticas o por las protestas, y se ha centrado en lo que funciona y no en mejorar lo que no funciona.

Además de la educación, ¿qué más puede hacer Chile para reducir la desigualdad?

—Debieran mirar sector por sector, mercado por mercado. La regulación actual frena la entrada de pequeños empresarios. También hace falta un sistema de sistema de crédito para las micro empresas. Digamos que tienes 20 años y quieres abrir un negocio muy pequeño, debieras poder contar con apoyo de la regulación y del crédito. Esa es la forma en que muchas personas podrían salir de la pobreza.

Considerando la situación externa e interna, ¿cómo ve a Chile de cara a los desafíos de 2016? 

—Chile se vio muy beneficiado por los altos precios de los commodities y aunque no me gusta hacer predicciones es probable que éstos sigan bajando, o quizá se estabilicen, pero no hay posibilidades de que suban en el futuro. Esto significa que Chile tendrá que reemplazar los beneficios que obtenía por los recursos naturales con exportaciones más creativas, como las que han explorado en la industria de los alimentos. La diversificación de exportaciones de alimentos puede compensar las pérdidas por los precios de los commodities. La clave es potenciar las marcas chilenas.

Si bien algunas de marcas de alimentos, vegetales y pescados son conocidas en la parte oeste de EEUU, en Europa nadie puede nombrar ni un solo producto chileno. “Hecho en Chile” no significa nada. Si compras algo hecho en Alemania significa que es resistente y técnicamente avanzado; en Francia, que es sofisticado, lo mismo en Japón.

Si es hecho en China, se sabe que la calidad no es buena, pero si es hecho en Chile simplemente no significa nada. La noción de branding en el mercado es muy importante y en eso deben trabajar las marcas chilenas pero también se debe promover la marca “hecho en Chile”.

No sé si el gobierno ha pensado alguna vez en esto. Recientemente, estuve en Corea del Sur y les dije exactamente lo mismo, porque todo el mundo conoce a Samsung pero nadie sabe que es coreana.

¿Pero Chile está a tiempo de trabajar en estos temas como para enfrentar la desaceleración actual? 

—Por supuesto. De hecho, no hay otra solución. En Chile no pueden hacer nada respecto a la desaceleración en China. Pueden esperar que India se comience a acelerar pero no generará la demanda de commodities que vimos en años previos.

En ese marco, es más importante garantizarles a los inversionistas que Chile es un país amigable. Y, fuera de que en el contexto latinoamericano puede ser diferente, Chile ya no es percibido como el país amigable que era para empresarios locales y extranjeros.

Publicado en Pulso.
Foto de Patricio Fuentes

Luigi Zingales: “La desigualdad parte en los jardines y no en la universidad”


El economista abordó el capitalismo en la sociedad, el poder del dinero en la política y la importancia de la educación, entre otros temas.

En entrevista con CNN Chile, uno de los intelectuales más influyentes del mundo en los últimos años y profesor de economía en la Universidad de Chicago, Luigi Zingales, abordó la teoría expuesta en su libro “Salvando al Capitalismo de los Capitalistas”.

Según el escritor, paradójicamente la buena forma del capitalismo es “un sistema político muy frágil”, enfatizando en que los mercados competitivos son los más débiles y que “el miedo es que el capitalista, una vez que ingrese al mercado, quiera restringir a la competencia”.”Lo que hace que la economía capitalista marche, es la competencia”, agregó.

Asimismo remarcó que “cuando sabemos que hay sólo uno o tres jugadores, la tentación de coludirse es muy fuerte” y que “las altas multas son probablemente más eficientes que la cárcel”.

En torno a la relación entre el dinero y la política, Zingales explicó que su “sistema favorito de financiamiento de campañas es uno con un límite para grandes donaciones”, subrayando que “nos gustaría que el dinero estuviera fuera de la política, pero sabemos que nos es así”.

“El rol de la sociedad cívica es no votar por alguien que ha hecho algo malo”, añadió.

Más detalles, en el video adjunto.

Publicado en CNN Chile.

Las definiciones de Luigi Zingales sobre las reformas, desigualdad y financiamiento político

El economista de la U. de Chicago asegura que lo importante no es la desigualdad, sino el crecimiento y planteó que la regla número 1 en el financiamiento de campañas es la transparencia.

El economista de la escuela de negocios Booth de la Universidad de Chicago, Luigi Zingales, no deja indiferente a nadie. Sus libros “Salvando al Capitalismo de los Capitalistas” y “Un Capitalismo para la Gente”, han generado fuerte debate sobre el rol del capitalismo. El economista participó ayer de un almuerzo en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad del Desarrollo, en el cual repasó desde sus propuestas para el financiamiento de campañas políticas hasta la importancia del crecimiento por sobre la desigualdad.

“La gente está dispuesta a aceptar cierta desigualdad si es que aumenta el beneficio para todos. Si no lo hace, estamos en problemas”, destacó, consultado sobre la habitual crítica que se hace respecto de que en nuestro país la desigualdad es elevada. “Lo más importante es asegurarse de que el crecimiento económico beneficie a todos, que haya movilidad social; no erradicar la desigualdad”, dijo el economista ítalo-estadounidense.

De acuerdo con el economista, el crecimiento ha beneficiado a todos en nuestro país, no sólo a los más ricos, “de manera que no entiendo por qué el descontento social en Chile es mayor ahora que en el pasado. Tiene más que ver con fenómeno social, político y sociológico que económico”, aseguró.

Consultado sobre la reforma tributaria, el economista aseguró que “subir los impuestos para forzar la redistribución es punitivo y no va en la dirección correcta”. Y acerca de la reforma educacional, aseguró que ve la educación superior como una inversión en capital humano y como inversión, debe ser financiada por quien la recibirá.

Sobre el financiamiento de las campañas políticas, el economista declaró que la transparencia es la regla número uno en esta materia, y que el foco no debiera estar en poner límites generales a la recaudación de cada campaña, sino que debiera ponerse un límite por individuo.

Sobre la actual crisis del capitalismo, aseguró que hoy son los profesores de las escuelas de negocios quienes deben defender la integridad del capitalismo. “Si queremos mantener las escuelas de negocios, debemos asegurarnos de que el sistema capitalista se mantenga a salvo, de lo contrario, seremos los primeros que perderán. Si como escuelas de negocios no defendemos el sistema, ¿entonces quién lo hará?”, aseguró.

 

Publicado en Pulso por Paula Namur.

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El economista de la escuela de negocios Booth de la Universidad de Chicago, Luigi Zingales, no deja indiferente a nadie. Sus libros “Salvando al Capitalismo de los Capitalistas” y “Un Capitalismo para la Gente”, han generado fuerte debate sobre el rol del capitalismo. El economista participó ayer de un almuerzo en la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad del Desarrollo, en el cual repasó desde sus propuestas para el financiamiento de campañas políticas hasta la importancia del crecimiento por sobre la desigualdad.

“La gente está dispuesta a aceptar cierta desigualdad si es que aumenta el beneficio para todos. Si no lo hace, estamos en problemas”, destacó, consultado sobre la habitual crítica que se hace respecto de que en nuestro país la desigualdad es elevada. “Lo más importante es asegurarse de que el crecimiento económico beneficie a todos, que haya movilidad social; no erradicar la desigualdad”, dijo el economista ítalo-estadounidense.

De acuerdo con el economista, el crecimiento ha beneficiado a todos en nuestro país, no sólo a los más ricos, “de manera que no entiendo por qué el descontento social en Chile es mayor ahora que en el pasado. Tiene más que ver con fenómeno social, político y sociológico que económico”, aseguró.

Consultado sobre la reforma tributaria, el economista aseguró que “subir los impuestos para forzar la redistribución es punitivo y no va en la dirección correcta”. Y acerca de la reforma educacional, aseguró que ve la educación superior como una inversión en capital humano y como inversión, debe ser financiada por quien la recibirá.

Sobre el financiamiento de las campañas políticas, el economista declaró que la transparencia es la regla número uno en esta materia, y que el foco no debiera estar en poner límites generales a la recaudación de cada campaña, sino que debiera ponerse un límite por individuo.

Sobre la actual crisis del capitalismo, aseguró que hoy son los profesores de las escuelas de negocios quienes deben defender la integridad del capitalismo. “Si queremos mantener las escuelas de negocios, debemos asegurarnos de que el sistema capitalista se mantenga a salvo, de lo contrario, seremos los primeros que perderán. Si como escuelas de negocios no defendemos el sistema, ¿entonces quién lo hará?”, aseguró.

 

Publicado en Pulso por Paula Namur.